lunes, 15 de octubre de 2012

Mentiras madrileñas


En unos días se cumplirá un mes de mi estancia en Madrid y después de realizar los ya conocidos recorridos de turista, la segunda cosa que hago con demasiada continuidad, es comer. 
Ningún platillo elaborado; la economía no da para más que dos comidas al día, cereal de postre y Coca-Cola los domingos.   
Seguramente el clima, la gente  y la desconfianza hacen que me de hambre. Probablemente  es la ansiedad de saberme en un lugar donde la gente te mira a los ojos y te dice "hasta luego" con la certeza de jamás volverte a ver. 
Un "hasta luego" que con los ojos grita "bye, chao, adiós, hasta nunca". 
Es un hecho que el "hasta luego" de España no es igual que en México. 
Mentiras gratuitas madrileñas.
Puras falsas promesas de los españoles al decir "hasta luego", sabiendo que sus besos dobles son despedidas sin esperanza de reencuentro. 

Por lo pronto he pasado los días contando que el tiempo se pasa más rápido, sintiendo el viento que sopla más hacia mi izquierda y escuchando folk ridículo que sólo nos gusta a algunos. 
Si algo he aprendido, es a perderme y debo decir que es el primer paso para comenzar con la parte divertida de esta ciudad. 
Que las cosas bonitas han llegado solas y las malas me las encuentro por pura mala decisión. 
De las inmundicias y pecados que he cometido no hablaré, pues mis nuevas experiencias no me dan para escribir con perfil de mujer vivida, viajada y medicada por el desamor. 

Yo, sólo espero que en diciembre se me quite el hambre y me llegue la inspiración invernal europea de la que hablan algunos escritores.