Hoy de pronto fue otoño y me llegó la enfermedad emocional que se da cuando la luna se pone cursi y solo de verla te llegan los recuerdos de señorita adolescente que padecí alguna vez, cuando a mis trece años las caminatas por la colonia sellaron mi destino.
Nunca he sido buena con recordar fechas, ni números de teléfono, ni edades, ni cumpleaños; ni siquiera soy capaz de saber si el mes en curso tiene treinta o treinta y un días.
En fin, no soy buena para recordar números, pero la nostalgia que se me atora en la garganta, me hace recordar el único número de teléfono que aún me se; uno que tiene nombre y tiene unos veintiocho o treinta veranos vividos -nunca lo he sabido y supongo que jamás lo sabré-.
Me es más fácil entender la explicación de los mayas o la religión acerca del fin del mundo, las huelgas en Chile, a mi madre enojada por razones ilógicas, los bloques en latinoamérica, la tercera posible guerra mundial en todo continente y hasta las elecciones en México. Todo eso lo puedo comprender, pero no entiendo porque su número está clavado en mi memoria selectiva y mi corazón se hace chiquito de recordarlo a él .
Entonces me doy cuenta que es mejor no pensarlo, escapar a ratos, entrar en temas que comprendo más; porque entendí que cuando sabes de amor, se sabe de sobra que lo mejor es guardar silencio.
Y es eso lo que he hecho en todos estos años, guardar silencio para no caer en el peligro de buscarlo.
Siempre tuve grandes ideas para estar con él, pasar más de ocho horas juntos y entendernos para enamorarnos de verdad. Pensaba en acomodar nuestras vidas y ser libre para dar unos pasos y besarlo, hacer un reloj de arena que durara una eternidad y así estar juntos. Siempre tuve ideas para nosotros pero no a nosotros..
Nunca se lo he dicho y no pienso hacerlo, porque se sabe que las palabras no curan el corazón.
Un día se nos escapo el sentir por las manos y no volvimos a saber querer.
Pero no importa, todavía no importa porque aún tengo fe; porque él conoce la paciencia y a mi no me gusta perder.
Así que prefiero no saber nada de él hasta el día que deje de ser restringido.
Que sea inesperado, que yo sea más bella y no sepamos guardar silencio; que el reloj de arena dure una eternidad y mi edad sea la adecuada para entenderlo a él.