Hay teorías de todo y para todos, algunas están esperando a que alguien las diga y otras que están hartas de ser tan repetidas. Son el reflejo de algunos relatos inteligentes, cursis, burlones o guarrones que alguna vez fueron pensamientos de personas inteligentes, cursis, etc.
De pensamientos a relatos, de relatos a teorías sólo hace falta que la estrella intelectual, el rockstar guanábana, la madre preocupada, el escritor inculto, el estudiante de ojitos pispiretos o la mujer enamorada las diga para que sean escuchadas.
Por eso hay personas que necesitan escuchar para poder leer y hay otras que ni escuchan ni leen.
Hay teorías que vale la pena escuchar porque te saben a que comprenden lo que callas, a que contestan lo que preguntas, a que te cantan lo que quieres ser, a que te gustan como dos que se besan en la misma cama. Como la diversidad, hay teorías que simplemente son otras.
A mi me gustan las teorías con cinismo decente que me dicen lo que soy, un poquito en silencio, tantito y aveces en bajito.
Sucede que si me las repiten demasiado prefiero confundirme en otra estructura social, convertirme en el empacho de otro, para pasar a ser de las que ni escuchan ni leen.
Mi teoría es la siguiente:
Si escucho las misma teoría muchas veces, me pasa como cuando escucho la misma canción por vigésima octava vez, ya no me sabe a nada.