Ayer me dijeron que no existe el "me gustaría", ni el "quiero" y del "hubiera" no hablamos porque no entra en nuestro léxico.
Lo que se quiere se debe estar haciendo y así me pasó por primera vez.
Queriendo desde los catorce años reencontrarme con el amor platónico y en España me vino a encontrar. Años y años que me duraron las ganas de verlo por guapo muy guapo.
Sin querer lo vine a encontrar a mis veintidós. Guapo más guapo, alto, con la mirada profunda, la sonrisa coqueta, el andar seguro, la actitud relajada y las palabras sueltas. De esos hombrecitos que no se conflictúan y cuando se enamoran, lo hacen de mujeres poco confundidas, acosadoras, que les da oso despeinarse y desdeñosas de tipos descuidados.
¡No lo juzgo! Si fuera hombre me gustaría una niña fresa para presentarle a mi madre y un amor platónico que le guste despeinarse.
O sea.
En fin, cuando las manos se ajustan a la primera, es casi seguro que los besos se coordinan y por esa hermosa razón, pasaré tres días más sonriendo como babosa.
Así, bien cursi. Ya sé.
El cuento nos duró un día y en mi cabeza tres. Soy de fácil desenamoramiento cuando no me enajeno.
Una vez más, compruebo que tengo imán para lo poco probable, lo corto de tiempo, lo incierto y platónico; siempre platónico…
Mi conflicto está en que no tengo disciplina de acosadora, no me da oso despeinarme y me enajeno hasta el hartazgo cuando algo me gusta mucho.