La última vez que vi a Eduardo, fue afuera de un hostal, con un mirador a nuestros ojos y un paraguas que nos tapaba la vista.
¡Qué mala suerte la nuestra!
Para conocer un lugar se necesitan días soleados y un par de buenos tenis que aguanten la subida y bajada de ejemplares castillos y torres.
Se nos nubló una horas el día, estoy segura que en aquel hermoso lugar me iría a vivir cuando me convierta en mujer atormentada. Seguramente la gente y las caminatas por hermosas calles me harían una señora más bella.
Él, que tiene debilidad por el amor didáctico y las mujeres con culo de catedral, se le ocurrió distraerse conmigo unos días para probar el bacalao, comer chocolates y quitarnos lo dulzón con una Coca cola.
Caminamos bellas calles por cinco meses, discutimos sobre las circunstancias sociales de nuestro mundo, cantamos después de varias cervezas y nos agarramos cariño bonito, del que se envidia y no se da en los árboles.
Él, me hizo personaje de un cuento corto, divertidísimo y con enseñanzas de novela.
A él, le gusta caminar, beber hasta que comience un nuevo día, recibir amigos en casa, cantar, tocar la guitarra y reír mientras se fuma un cigarro.
Su mejor virtud; cocina como chef, entiende a una mujer distraída y sabe escuchar como ningún otro. Dirían algunos de este lado del atlántico; "es un hombre ejemplar".
A él, que sabe leer un mapa, le confié mis secretos más dramáticos y aburridos.
Nos hicimos muy felices.
A él, le deseo felicidad eterna, una mujer bellísima y que regrese pronto a México para ver a sus sobrinos.
A él, siempre.
En fin, nos gusta escuchar a John Mayer y nos queremos mucho.