viernes, 18 de febrero de 2011

Registro de cambios "La Carlita"

Yo ando sin parar.
Escuchando lo que no hacía desde que me compré mi primer cajetilla de cigarros, esos que no te terminabas tu solo, esos que te fumabas por la ventana para que no llegara la evidencia hasta otras puertas. 

Ahora noto que tanta evidencia tan temprana me hizo con personalidad. Mientras a ellos les crecían las piernas y a ellas les aumentaba el busto, a mi me crecía la sinceridad, la desconfianza y la aptitud para decir estupideces de las que la gente se ríe. 
Ninguna aptitud fuera de lo normal. Sólo una cartita que me regalé cuando tenía once años, según yo para abrirla a los dieciocho. 
Ya dieron los dieciocho, los diecinueve, ya mero los veintiuno y a mi se me hace el corazón chiquito nomás de pensar en abrirla. 
Me veo leyendo lo que soñaba a los trece y me da un terror decepcionar a "la Carlita"; la misma Carlita que a los seis se enamoro de Paquito. 

Primero me detenía el tiempo porque todavía no era hora de abrirla, después que mejor la abría cuando me pusiera bonita, y por último que cuando fuera un buen momento. Yo creo que aquí a mis ojos, se me ocurría que para estas horas yo ya la había abierto en Río de Janeiro; pero ni Río ni la cartita. 

Así que nada más me queda esperarme a que se me olvide un poquito más, por eso de mi  memoria selectiva. 
Yo me abstengo de cualquier cercanía al sobrecito porque en una de esas la abro y me quedo con los "ojazos" llenos de lagrimillas. 

De llorarle a la cartita en mi recámara, mejor me aguanto a llorarle en Italia.
¡Aplauso para la cartita!

lunes, 7 de febrero de 2011

Sin querer

Traigo la tristeza atorada desde hace unas horas. 
Con ganas de ponerle corrector líquido a lo que quise, ése que no se puede quitar ni con tijeras porque se rompe la hoja. 
Así ando, con esas ganas.
De no volver a ver lo que quise, ni lo que pensé querer, ni lo que pensé tener. Acordándome de lo que nunca debí decir, de lo que nunca debí querer. 

No es que quiera que haya tragedia donde no la hay. Pero cuando se te desatora el asunto del amor, se me ponen los ojos serios y la voz como con ganas de llorar. Y hasta segura me siento de contarle mis cosas al cigarro. 
Pues como diría mi mamá, a mi quién me manda andar de confiada. 
El problema no es que confíe en los demás es que ni en mi pude confiar, aún sabiendo lo que iba a pasar. Por eso me caigo mejor cuando cuento chistes babosos. 
Ahora ni el cigarro me escucha y la historia de unos años se me viene de golpe. Se me para de puntitas en la mesa y hasta me besuquea. 
¡Y uno de confiada!
Por eso escribo la evidencia de que así estoy pensando para cuando se me olvide. 

Así, sin querer ves lo que no debiste y así, casi sin querer se te termina el amor. 

viernes, 4 de febrero de 2011

martes, 1 de febrero de 2011

Me gustas

Me gustas como cuando tenía 13, me sigues gustando como a los 16, como a los 18 y como a los 20.
La edad es la culpable de que tenga los mismos gustos.
También es culpable de que ahora soy un poquito menos capaz de escribir insanidades e incoherencias.
¡Mueran de envidia!, la edad corrige mis errores.
De esas tantas correcciones llegué a la conclusión de que no me avergüenzo de ser una mujer que tiene clichés, que me escandalizo por algunas referencias del montón y que me parece más fastidioso comprarme unos jeans que andarme checando la blusita que se desbotona cada tantos minutos. 
En fin no me sirve de nada andarme fastidiando con eso del análisis de lo que "hago bien", y lo que "hago mal". No me sirve de nada pero si me hace más blandita. 
Aunque al final la edad viene solita a reclamarme lo que tanto le he quitado. "Tiempo"
Así que mejor me decido a cambiarle los gustos a la edad para que no me venga con tantas correcciones. 

jueves, 13 de enero de 2011

Ensayo sobre la caída un muro

Creo murallas incontables a través de mi vida, a veces me cubren a la perfección pero hay veces que ni las murallas pueden protegerme de lo que puede lastimarme. La gente a veces sugiere que derribe las murallas como si fueran grandes muros que son necesarios quitar para lograr la libertad. Cuando llega esa libertad estoy tan propensa a golpearme con lo que más me puede doler. 
No puedo convencer a nadie de que he derribado mis murallas, no puedo convencer a nadie de que estoy sin cuidado esperando a querer, no te puedo convencer de que jamás voy a estar en posición de ataque para cuando regreses, no te puedo convencer de que quiero cantar junto a ti ésa misma canción, no te puedo convencer de que me he "convencido" que soy libre, simplemente no te puedo convencer de absolutamente de nada. 
Aquí estoy esperando a que lleguen multitudes de emociones para que logren derribar lo que no estoy convencida de querer quitar. 


Puedo pensar, saber, actuar y decir, que jamás quitare ningún muro, pero a veces podré estar del otro lado del muro sentada junto a ti. 

domingo, 9 de enero de 2011

Me llamo Carla

Es que aveces me siento poeta, pero nada de lo que veo me complace en absoluto. Vas pensar que tengo un problema y la amargura empieza a llenar mis espacios vacíos. Pero el conflicto con las relaciones por momentos me llegan a preocupar y creo que no llego a ningún lado.
Se que da flojera leer sobre lo que todo mundo se queja, pero yo no me vengo a quejar de nada, vengo a reclamar.
Reclamo la conversación insensata que puedo tener con un dude que pretende ser lo que no es. Así comienza la historia de una platica ingrata en un lugar sin ubicación donde la gente brinca, mamasea, baila, brinca, mamasea y baila.

El dude: hola, ¿cómo te llamas?
Yo: no te oigo
El: ¿Cómo te llamas?
Yo: Carla
El: orale Karen, que linda estas.
Yo: si gracias, soy Carla y tú?
El: Alejandro y qué estas tomando?
Yo: ya no estoy tomando, gracias. (pensando que tal vez el taradete quiere invitarme algo y como yo lo veo con cara de taradete prefiero evitarme la pena de tomarme por lo menos un trago de alguna cuba asquerosa que me pueda invitar).
El: linda y a qué te dedicas?
Yo: le podría decir que estudio publicidad, que me gusta escribir, leer, hacer  yoga, que amo el cine, platicar con gente interesante, reírme, decir estupideces etc. Pero mejor me evito todas esas palabras que para el no van a tener ningún significado y sólo le contesto; estudio publicidad.
El: Ah orale Karen, o sea tu haces los folletos esos que regalan.
Yo: si, pensando que no tiene ninguna relevancia explicarle lo que es publicidad si no me va a entender la mitad de lo que le vaya a decir.
El: Pues que chido, y de aquí a dónde vas?
Yo: A a mi casa
El: ay no hermosa mejor quédate y vamos al after
Yo: No lo que pasa es que de aquí me voy a casa de una amiga, pensando que odio ir a los afters y más con gente que tiene el cerebro como él.
El: bueno pues antes de que te vayas Karen, te puedo dar un beso?
Yo: (haciendo como si quisiera pero me hago la difícil), aguanta, al menos pues hay que tomar algo.
El: si, claro NENA (odio que usen esa palabra, ya sea hombre o mujer) pide lo que quieras.
Yo: (ya con mi trago), bueno gracias Armando, nos vemos para la próxima para eso del beso.
10 minutos después...

Hola que linda estas, soy Omar cómo te llamas?
Yo: Karen o aveces Carla, depende de qué me quieras ver la cara...

No todo es tan relevante, pero cuando la situación se repite en demasía, preferiría que si nos van a cambiar el nombre al menos tengan mejor cara.

Un relato ignorante sin importancia, pero tan consistente como el tiempo; a cada momento pasa.  

viernes, 7 de enero de 2011

Palabras para llevar

Me esta dando por querer conocer lo que podemos llamar la sinfonía verbal, esas palabras que a veces no dicen nada pero se sienten. 

Conozco muchos que pueden decir lo que les venga en gana aunque no digan nada y aún así se sienten complacidos por sus palabras sin sentido.
Por mi parte, se me está dando el querer guardar las palabras de los que dicen poco pensando mucho, así que me dedico a escuchar para después llegar a mi casa y  cocinar las palabras, sazonarlas y preparar algo que sólo yo podré probar.  

Si es que logro que la gente disfrute de los platillos que preparo, capaz abro un restaurante de comida "para llevar", para que la gente se lleve a su casa las palabras que no puede comer en público.
El objetivo es lograr que la gente no muera por ausencia de palabras bien cocinadas, para no cometer el error de llenarla de exceso de palabras tan crudas y públicas de las que ya estamos bastante llenos.  

Me quedo para ver si mi restaurante pega y tu te llenas de comer sinfonías verbales que para mi gusto tanta falta nos hacen.